La caída se frena, pero el desgaste sigue siendo profundo
La valoración del presidente surcoreano Lee Jae-myung dejó de caer por el momento, aunque las encuestas siguen mostrando un balance desfavorable. En un sondeo publicado el 30 de septiembre, el 38,5 % evaluó positivamente su gestión y el 57,8 % la valoró de forma negativa. Dos semanas antes, las cifras eran del 35,9 % y el 59,4 %, respectivamente.
Otra medición, difundida el 1 de octubre, situó el respaldo en el 43 % y la desaprobación en el 50 %. Tres semanas antes, el apoyo también era del 43 %, mientras que la evaluación negativa alcanzaba el 48 %. Las diferencias entre encuestas pueden depender de las fechas, las preguntas y los métodos de cada estudio; por eso, una variación puntual no basta para confirmar un cambio duradero.
El descenso parece haberse detenido temporalmente, pero el presidente aún necesita recuperar la confianza de una parte amplia del electorado.
Una posible explicación del pequeño repunte es que la tensión pública se haya moderado. Antes del festivo de Chuseok, el 18 de septiembre, Lee ofreció una rueda de prensa y pidió disculpas con gesto serio; al día siguiente, un candidato al Ministerio de Justicia renunció. Una disculpa presidencial puede calmar parte del malestar, aunque no necesariamente resuelve las causas que lo provocaron.
También puede influir que el respaldo haya llegado a un nivel difícil de superar a la baja. En política se habla a veces de una base «de cemento» para describir a los simpatizantes más fieles, que suelen mantener su apoyo incluso cuando la valoración general cae. Ese núcleo ofrece estabilidad, pero por sí solo no garantiza una mayoría social.
Los votantes moderados explican buena parte del retroceso
La comparación entre mayo y septiembre muestra la magnitud del cambio. En los datos agregados de una encuesta nacional, la valoración positiva de Lee pasó del 63 % en mayo al 38 % en septiembre, mientras que la negativa subió del 28 % al 53 %. En apenas cuatro meses, las opiniones favorables y desfavorables intercambiaron posiciones.
El deterioro alcanzó a distintas regiones, edades y grupos ideológicos. Sin embargo, el cambio entre las personas que se identifican como moderadas resulta especialmente relevante: en mayo, el 64 % de ese grupo aprobaba la gestión y el 26 % la desaprobaba; en septiembre, el apoyo bajó al 37 % y el rechazo subió al 53 %.
Entre los votantes progresistas también hubo una caída importante: el respaldo pasó del 91 % al 62 %, mientras la desaprobación aumentó del 7 % al 33 %. Estas cifras sugieren que el desgaste no se limita a un solo sector, aunque la pérdida de apoyo moderado puede afectar con especial fuerza el resultado total.
Un análisis de cientos de encuestas presidenciales registradas desde el inicio del mandato hasta el 22 de septiembre llegó a una conclusión similar. Según esa revisión, en comparación con los primeros meses del Gobierno, alrededor de un 33 % de quienes se identificaban como progresistas y cerca del 40 % de los moderados dejaron de apoyar al presidente. Las proporciones dependen del periodo y de la metodología utilizados, pero el mensaje político es claro: la fuga entre los moderados parece haber sido mayor.
El dilema entre la base fiel y los votantes indecisos
En la política suele describirse este dilema como elegir entre «los conejos de casa» y «los conejos del campo»: los primeros representan a la base propia y los segundos, a quienes todavía pueden ser persuadidos. La metáfora resume una tensión habitual. Un partido necesita mantener motivados a sus simpatizantes, pero también convencer a personas que no se sienten identificadas de manera permanente con él.
En las elecciones internas de un partido, movilizar a la base puede ser decisivo. En una elección nacional, en cambio, ampliar el apoyo más allá de los simpatizantes habituales suele ser necesario para alcanzar una mayoría. No es una regla automática: cada decisión depende del sistema electoral, de los candidatos y de la situación del país. Pero cuando los sondeos muestran una pérdida notable entre los moderados, ignorar ese grupo puede reducir las opciones electorales.
El pragmatismo, la promesa que ahora debe ponerse a prueba
Lee llegó a la presidencia con dos grandes mensajes: corregir lo que su Gobierno consideraba abusos institucionales y gobernar con un enfoque práctico, capaz de responder a las necesidades cotidianas. La primera línea, centrada en revisar y reformar instituciones, ha avanzado; la segunda exige ahora resultados que puedan percibirse fuera del círculo de sus seguidores más convencidos.
El argumento a favor de recuperar a los moderados no implica abandonar las reformas ni renunciar a los principios. Significa explicar mejor las decisiones, medir sus efectos y ajustar los métodos cuando una política no obtiene respaldo suficiente. Por ejemplo, una reforma judicial puede tener un objetivo declarado de mejorar la rendición de cuentas, pero también debe presentarse con garantías claras para quienes temen que debilite la independencia de los tribunales.
La tesis política es que avanzar hacia el centro no tendría por qué alejar automáticamente a la base fiel. Si el Gobierno demuestra capacidad para gobernar y obtener resultados, sus simpatizantes pueden recuperar confianza y movilizarse con más seguridad. En cambio, concentrar cada decisión en satisfacer al sector más cercano puede dejar fuera a quienes determinarán si una propuesta alcanza apoyo mayoritario.
La diferencia entre ambos enfoques se parece a la que existe entre diseñar un plan para un grupo de personas que ya está convencido y construir una solución que también responda a quienes tienen dudas. En el segundo caso se requiere más explicación, negociación y, a veces, cambios en la forma de aplicar la política. Esa tarea puede ser más lenta, pero también ayuda a que una reforma sobreviva a los cambios de gobierno.
La experiencia de Kim Young-sam: las reformas necesitan respaldo
Kim Young-sam, presidente entre 1993 y 1998, impulsó durante su primer año medidas de gran alcance. Entre ellas estuvieron la publicación de los bienes de altos funcionarios, la eliminación de la red militar conocida como Hanahoe y la implantación de un sistema de transacciones financieras bajo nombres reales. Esta última medida buscaba dificultar que el dinero se ocultara mediante cuentas anónimas.
El propio Kim sostuvo que el respaldo popular le permitió acelerar las reformas. Su experiencia ilustra que la autoridad presidencial no depende solo de los poderes formales del cargo: también requiere que una parte amplia de la ciudadanía considere legítimos los cambios y esté dispuesta a asumir sus costes.
«El éxito de una reforma depende de un liderazgo firme y del apoyo de la ciudadanía», fue la idea central que Kim dejó en sus memorias.
La etapa final de su presidencia mostró el riesgo contrario. En diciembre de 1996, una reforma laboral fue aprobada en la Asamblea Nacional de madrugada y sin la participación normal de los legisladores opositores. La aprobación precipitada provocó una crisis política y un fuerte rechazo social.
Kim defendió la necesidad de modificar la legislación por razones económicas y reconoció que le preocupaba hacerlo en la segunda mitad de su mandato. Pero el episodio dejó una advertencia: incluso una reforma que sus impulsores consideran necesaria puede perder legitimidad si se impone sin suficiente deliberación y sin una explicación convincente. El respaldo acumulado durante los primeros años no es una reserva ilimitada.
Roh Moo-hyun: mirar lejos, pero persuadir paso a paso
La presidencia de Roh Moo-hyun ofrece otra lección sobre la relación entre popularidad y capacidad de gobernar. Un antiguo asesor suyo señaló que, cuando el respaldo era alto, la ciudadanía tendía a recibir sus propuestas con mayor apertura. Cuando la aprobación caía, incluso las ideas razonables podían ser rechazadas o interpretadas con desconfianza.
Ese recuerdo muestra que la popularidad no es únicamente una recompensa por el trabajo realizado. También funciona como una especie de capital político: permite negociar con otros sectores, conseguir apoyo legislativo y convencer a la población de que una medida difícil puede ser beneficiosa. Cuando ese capital se agota, la misma propuesta puede encontrar más obstáculos.
El exasesor describió a Roh como un presidente que trataba de anticiparse al futuro y preparar al país para cambios de largo plazo. Al mismo tiempo, planteó una posible limitación: quizá, en algunos momentos, habría sido mejor avanzar medio paso por delante de la ciudadanía, en lugar de alejarse demasiado de sus preocupaciones inmediatas.
La imagen ayuda a entender el equilibrio que debe buscar cualquier Gobierno. Un presidente necesita mirar más allá del siguiente ciclo electoral, pero también debe traducir sus objetivos en medidas comprensibles para las personas que viven sus efectos. Si la explicación no acompaña a la propuesta, la visión de futuro puede parecer una imposición distante.
Lee Hae-chan y la combinación de principios y realidad
Lee Hae-chan, veterano dirigente del Partido Democrático, defendió una forma gradual de impulsar el cambio. Su planteamiento distinguía entre los valores que orientan la política y los métodos para llevarlos a la práctica: los valores se aprenden de la historia; los métodos, de la realidad.
La idea no consiste en renunciar a las metas por conveniencia inmediata. Consiste en evitar que la pureza ideológica se convierta en un fin en sí mismo. Una reforma puede conservar su objetivo —por ejemplo, reducir una desigualdad— y, al mismo tiempo, modificar su calendario o sus instrumentos para que sea viable y cuente con mayor respaldo.
Ese enfoque también enlaza con una máxima asociada al expresidente Kim Dae-jung: combinar la preocupación intelectual por los problemas con el sentido práctico de quien conoce las condiciones reales. Dicho de manera sencilla, es importante saber qué se quiere cambiar y, a la vez, preguntarse qué pasos concretos pueden funcionar en la vida cotidiana.
La lección común no es elegir entre convicciones y pragmatismo, sino utilizar el pragmatismo para hacer duraderas las convicciones.
El costo de gobernar con una aprobación débil
Una aprobación baja puede dificultar la puesta en marcha de los grandes proyectos del Gobierno. Las iniciativas que exigen presupuesto, cambios legales o coordinación entre distintas instituciones necesitan tiempo y cooperación. Si la ciudadanía desconfía, la oposición política puede encontrar más espacio para bloquearlas y los aliados del Gobierno pueden mostrarse menos dispuestos a asumir costes.
El calendario electoral aumenta la presión. El análisis advierte que una derrota en los comicios legislativos de 2028 podría poner en peligro la continuidad de las reformas y complicar el camino hacia la elección presidencial de 2030. También menciona la elección municipal de Seúl prevista para 2027 como un posible indicador de la capacidad del partido gobernante para recuperar apoyo.
Las elecciones futuras no están decididas por las encuestas actuales. La economía, los candidatos, los acontecimientos políticos y la participación pueden cambiar el panorama. Aun así, una tendencia prolongada de desaprobación puede limitar la capacidad del presidente para marcar la agenda y aumentar el riesgo de que las reformas impulsadas durante su mandato sean revertidas después.
En un sistema presidencial, la aprobación pública es, en ese sentido, una herramienta de gobierno. Existe una relación de doble dirección: los resultados de la gestión influyen en la popularidad, pero una popularidad débil también puede impedir que el Gobierno obtenga los acuerdos y la cooperación necesarios para producir resultados.
La prueba inmediata: decidir sin depender solo del núcleo propio
La crítica más directa al presidente es que, en algunas decisiones, parece haber dado un peso excesivo a las objeciones de los sectores más cercanos a su partido. Durante la discusión de una reforma del procedimiento penal, Lee había defendido que los fiscales conservaran facultades limitadas para realizar investigaciones complementarias en casos excepcionales; después de que el entonces líder del partido, Chung Cheong-rae, se opusiera, el presidente abandonó esa posición.
También se retrasó el proceso de nombramiento de Kim Ji-yong como candidato a dirigir la nueva agencia de investigación de delitos graves, después de que figuras políticas como la gobernadora de Gyeonggi, Choo Mi-ae, y el legislador Kim Yong-min expresaran su rechazo. Estos episodios se presentan como señales de que el Gobierno podría estar demasiado pendiente de las reacciones de su núcleo de apoyo.
La alternativa no es ignorar a los simpatizantes ni gobernar sin escuchar a su partido. Es tomar decisiones con criterios explicables, sostenerlas cuando exista una razón sólida y corregirlas cuando los hechos demuestren que no funcionan. También supone hablar con quienes discrepan, en vez de tratar cada crítica interna como una amenaza a la unidad.
La lección que reúnen Roh Moo-hyun, Kim Young-sam y Lee Hae-chan es que el cambio político requiere dirección, pero también confianza y capacidad de persuasión. Para Lee Jae-myung, recuperar a los moderados podría ser decisivo no solo para mejorar sus cifras de aprobación, sino para dar estabilidad a su agenda. La cuestión central es si el presidente puede mantener sus objetivos y, al mismo tiempo, acercar sus métodos a una mayoría más amplia.



















