Los aranceles reordenan las alianzas económicas

La política arancelaria del presidente estadounidense Donald Trump está llevando a varios de sus aliados a buscar nuevos socios comerciales y financieros. Canadá ocupa un lugar destacado en este movimiento: sin romper sus lazos con Estados Unidos, intenta reducir la dependencia de un mercado que durante décadas fue su principal ventaja económica.

Un arancel es un impuesto aplicado a los productos que cruzan una frontera. Si sube, una empresa puede pagar más por importar componentes y, a su vez, trasladar parte del costo a sus clientes. Por eso, una disputa arancelaria no afecta solo a gobiernos y grandes compañías: también puede encarecer bienes cotidianos y alterar decisiones de inversión.

La estrategia canadiense no consiste en sustituir de un día para otro el comercio con Estados Unidos, sino en ampliar sus opciones para que una disputa política no deje a la economía sin alternativas.

Canadá sale a buscar inversiones en todo el mundo

A mediados de septiembre, el primer ministro canadiense Mark Carney encabezó en Toronto una cumbre de inversión de dos días. El encuentro reunió a representantes de fondos soberanos —organismos de inversión financiados y administrados por gobiernos— de Emiratos Árabes Unidos, Noruega y Arabia Saudita, además de responsables de empresas y entidades de Australia, Singapur, Estados Unidos y China.

Carney, que antes de llegar a la política trabajó en finanzas e inversiones, presentó Canadá como un destino estable en una época marcada por guerras comerciales y cambios repentinos en las reglas del comercio. La campaña se centró en cuatro áreas: energía, minerales esenciales, inteligencia artificial —sistemas capaces de realizar tareas que suelen requerir capacidades humanas, como reconocer patrones— y defensa.

La apuesta responde a una necesidad concreta. Canadá ha atraído históricamente capital, en parte, por su cercanía con Estados Unidos y el acceso relativamente fácil a ese enorme mercado. Pero si las relaciones comerciales se vuelven imprevisibles, la proximidad deja de ser una garantía y puede convertirse en una fuente de riesgo.

El Gobierno quiere demostrar que el país también resulta atractivo por sus propios recursos, conocimientos e industrias. Sin embargo, captar grandes inversiones no está asegurado: algunos inversores han criticado que los permisos y las aprobaciones canadienses pueden ser lentos y complejos. La promoción internacional tendrá que ir acompañada, por tanto, de proyectos concretos y procesos más ágiles.

Recursos estratégicos y resiliencia económica

Los minerales esenciales y la energía son importantes porque sirven para fabricar baterías, equipos electrónicos y otros productos necesarios para la industria moderna. Contar con suministros propios o con varios proveedores puede ayudar a evitar que una crisis en un solo país interrumpa toda una cadena de producción.

La inteligencia artificial y la defensa añaden otra dimensión a la estrategia. No se trata únicamente de vender materias primas: Canadá aspira a atraer proyectos tecnológicos y a participar en sectores ligados a la seguridad y la infraestructura. Para un inversor, una cartera más variada de sectores puede reducir la exposición a una sola fuente de ingresos, aunque no elimina los riesgos comerciales.


Una relación más estrecha con la Unión Europea

La búsqueda de socios también ha abierto un debate sobre el vínculo institucional de Canadá con la Unión Europea. El 16 de septiembre, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso conceder a Canadá un estatus de «miembro asociado». Al día siguiente, Carney recibió favorablemente la propuesta en un discurso ante el Parlamento Europeo, en Estrasburgo.

La idea no equivale a una adhesión plena a la Unión Europea. El contenido preciso de ese estatus y sus consecuencias aún deben definirse; las conversaciones entre los dirigentes de ambas partes podrían ayudar a concretar el plan. Aun así, la propuesta señala que Europa considera a Canadá un socio con el que podría ampliar la cooperación política y económica.

Carney evocó la historia compartida entre ambas orillas del Atlántico, incluida la anécdota de soldados canadienses que, durante la Primera Guerra Mundial, llevaron bellotas europeas a Ontario para plantarlas allí. Su argumento fue que la relación entre Canadá y Europa no debería depender únicamente de las circunstancias favorables ni reducirse a un intercambio de beneficios inmediatos.

También defendió una visión de las alianzas basada en la capacidad de trabajar juntos. En ese enfoque, la geografía sigue importando, pero no es el único criterio: países situados a gran distancia pueden coordinarse si sus recursos, tecnologías y necesidades se complementan. Carney describió esa cooperación como una forma de fortalecer la «resiliencia colectiva», es decir, la capacidad de resistir crisis sin depender de un único socio.

Un posible estatus asociado acercaría a Canadá a Europa, pero no significa que Canadá vaya a convertirse en miembro de la Unión Europea. La propuesta todavía requiere definiciones y acuerdos concretos.

Defensa, espacio y vínculos con el Reino Unido

La relación entre Canadá y Europa ya va más allá de las declaraciones políticas. Canadá participa en SAFE, un instrumento europeo de financiación para la defensa, y es el único país de fuera de Europa que forma parte de esa iniciativa. La cooperación en este ámbito puede facilitar proyectos conjuntos y conectar las industrias de defensa de ambas partes.

Durante su visita a Francia, Carney se reunió con el presidente Emmanuel Macron y reafirmó la asociación entre los dos países. También se comprometieron a impulsar iniciativas compartidas, entre ellas el desarrollo de infraestructura espacial. Este tipo de cooperación puede incluir sistemas y servicios necesarios para actividades en el espacio, como comunicaciones o capacidades de observación, aunque los detalles de los proyectos deben definirse.

El Reino Unido también podría acercarse a una cooperación económica más amplia entre Canadá y Europa. El ministro de Finanzas canadiense, François-Philippe Champagne, sostuvo que el país británico debería «formar equipo» con Canadá en esa iniciativa. Carney, por su parte, se reunió con el alcalde de Liverpool, Andy Burnham, durante su recorrido por Europa.

La posibilidad resulta relevante porque el Reino Unido dejó la Unión Europea y, desde entonces, ha tenido que negociar por separado varios aspectos de su relación con el bloque. Una cooperación más estrecha con Canadá podría abrir vías adicionales, pero no elimina las diferencias ni sustituye las negociaciones formales entre los países y las instituciones europeas.


Trump amenaza con responder, pero Canadá no quiere romper

Trump calificó de «ridícula» la posibilidad de que Canadá obtenga un estatus asociado con la Unión Europea y amenazó con imponer aranceles adicionales al bloque si considera que actúa contra los intereses estadounidenses. Sin embargo, el deterioro de la relación entre Washington y Ottawa se produjo después de que Estados Unidos impusiera nuevas barreras comerciales a Canadá.

Las tensiones aumentaron cuando fracasaron las negociaciones arancelarias de agosto y se sumaron nuevos productos a las medidas de represalia. Trump también describió a Canadá como un «terrible socio comercial» y se refirió al país como un posible estado número 51 de Estados Unidos, comentarios que alimentaron el malestar canadiense. La disputa ha adquirido así una dimensión política y simbólica, además de económica.

Canadá no ha anunciado que quiera abandonar el comercio con su vecino del sur, ni podría hacerlo de forma sencilla. Sus economías están estrechamente conectadas: numerosas empresas dependen de proveedores, clientes e instalaciones situados a ambos lados de la frontera. El Gobierno canadiense sostiene que no eligió el conflicto, que ha respondido con moderación y que espera volver a negociar con Washington.

A la vez, Ottawa busca diversificar el comercio, es decir, repartir sus intercambios entre más países para no depender tanto de un solo mercado. En la práctica, esto se parece a una empresa que deja de comprar todos sus materiales a un único proveedor: no corta necesariamente la relación con él, pero reduce el daño si el suministro se interrumpe.

En Canadá, la economía ha resistido hasta ahora y la línea de Carney cuenta con apoyo popular. Algunos observadores consideran que su negativa a ceder ante Trump ha hecho que la disputa se perciba no solo como un conflicto comercial, sino también como una cuestión de soberanía e identidad nacional. Ese apoyo puede dar margen al Gobierno, aunque no protege a las empresas de los costos de los aranceles.


Otros países también amplían sus opciones

El acercamiento entre Canadá y Europa forma parte de una tendencia más amplia. Varios países están reforzando sus relaciones con la Unión Europea o negociando nuevos acuerdos, en parte para reducir su exposición a las decisiones comerciales de Estados Unidos.

  • Australia: ya participa desde 2015 en el Festival de la Canción de Eurovisión y ha profundizado sus vínculos con Europa. Von der Leyen visitó el país en marzo para cerrar un acuerdo de libre comercio y establecer una asociación en seguridad y defensa.
  • México: en mayo firmó con la Unión Europea un acuerdo comercial provisional destinado a reemplazar el pacto de 2000. La diversificación puede ayudarle a reducir su dependencia del mercado estadounidense.
  • India: concluyó en enero negociaciones comerciales con Europa que habían durado dos décadas. En este caso, las consideraciones geopolíticas —la manera en que la ubicación y las relaciones entre países influyen en la política— ayudaron a impulsar un acuerdo que llevaba años pendiente.
  • Japón: puso en marcha con la Unión Europea una «alianza de competitividad», orientada a reforzar la cooperación económica y la capacidad de competir en sectores estratégicos.

Estos acercamientos no significan que todos los países estén formando un bloque contra Estados Unidos. Los gobiernos pueden mantener una estrecha relación con Washington y, al mismo tiempo, crear acuerdos con Europa, Asia u otras regiones. La diferencia está en tener más alternativas a la hora de comprar, vender, invertir o coordinarse en materia de seguridad.


El alcance del cambio dependerá de los resultados

La estrategia canadiense afronta límites importantes. La infraestructura y las cadenas productivas de Canadá están integradas con las de Estados Unidos, y un nuevo socio no puede reemplazar de inmediato esa conexión. Además, atraer inversiones requiere condiciones favorables, desde permisos previsibles hasta proyectos rentables y acuerdos que den confianza a las empresas.

Europa también deberá convertir las propuestas políticas en compromisos prácticos. Un estatus asociado, la cooperación en defensa y los planes de inversión tendrán que precisar qué beneficios ofrecen y qué obligaciones implican. Sin esa claridad, el entusiasmo diplomático corre el riesgo de quedarse en declaraciones.

La diversificación puede dar a los países más margen para responder a futuras crisis, pero también exige tiempo y recursos. Abrir nuevos mercados no garantiza que las empresas puedan vender allí sus productos al mismo precio ni con la misma facilidad que en un mercado cercano. Por eso, el cambio probablemente será gradual y coexistirá durante años con el comercio estadounidense.

La presión arancelaria de Trump está impulsando a sus aliados a reconsiderar cómo organizan sus relaciones económicas. Que ese impulso se convierta en una transformación duradera dependerá de si los acuerdos generan inversiones, acceso a mercados y cooperación estable. Por ahora, el mensaje de Canadá y de otros países es claro: conservar la relación con Estados Unidos, pero evitar que sea la única opción disponible.